Por Harry Ramos

Sonó el despertador y me senté en mi cama con dificultad. No era un día normal, se casaba un amigo y yo estaba invitado a la celebración. No tenía muchas ganas de asistir a la ceremonia, le temía a la experiencia de ir solo a un lugar donde por definición se debe estar emparejado, luego de un par de minutos de pensamientos adormilados tomé la decisión de que enfrentaría mi realidad e iría a acompañar a los novios.

Una ducha fría, un último detalle en el traje y estaba listo para el festín. Al tomar mi transporte, el conductor se sorprendió al verme tan elegante un sábado por la mañana. Dada su cara de confusión, le explique que iría a un matrimonio de un amigo. A lo cual, él respondió:

Dígale a su amigo que lo siento.

Sonreí discretamente al malisimo chiste del taxista.

El resto del viaje fue un silencio prolongado, mientras pensaba en lo desacreditado que está el matrimonio hoy en día.

Al llegar todo estaba perfecto para la ceremonia: la decoración, los familiares, los amigos… el lugar era un cuento de hadas. Lejana a la percepción de mi conductor, mi amigo estaba ansioso pero se veía pleno y hasta podría afirmar que su rostro brillaba de felicidad. Me sentí incómodo cuando vi tantas parejas juntas, me hicieron sentir un poco solitario. Sin embargo, al pasar los minutos pude sobreponerme a la soledad y decidí disfrutar la ceremonia.

Todo fue emocionante. Me conmovió ver los ojos llenos de lágrimas de ese joven al ver a su novia entrar por la puerta, ver a las familias reunidas felices, escuchar los votos y ver el sentimiento de plenitud de la nueva familia. Estar sentado allí siendo testigo de tal evento me obligó a repetirme en la cabeza una y otra vez: el amor existe y es real.

Acompañar a mis amigos en su matrimonio me llevó a la conclusión de que el matrimonio va más allá de una creencia religiosa, de un rito, de sexo no pecaminoso, de una tradición colombiana o de una postura política. El matrimonio se trata del amor. Ese sentimiento que mueve al mundo y descontrola nuestras neuronas. No discutiré si las personas que no se casan se aman o no, porque ese no es el punto en cuestión. Lo que sí afirmaré es que es especial estar de pie en un altar e invitar al mundo a ser testigo de ese momento en el que se conforma una familia delante de Dios.

Cuando investigué sobre el tema me sorprendió que basta con buscar la palabra matrimonio o soltero en Internet para que surjan mil páginas en las que defienden los beneficios de permanecer soltero por encima del matrimonio. El mundo le tiene miedo a casarse. Creo que las personas le tienen desconfianza al altar porque han visto conformarse familias basadas en el machismo, las eventualidades o la costumbre, pero muy pocas en el amor. Muchos de mis amigos le huyen al compromiso porque han sido testigos de matrimonios que con el pasar de los años han olvidado el amor y se han convertido en una tortuosa monotonía.

El común denominador dentro de los jóvenes es ver al matrimonio como una de esas cosas que algún día con dolor ha de llegar. Sin embargo, yo creo que nosotros los jóvenes somos los que tenemos la oportunidad de escribir una nueva historia para este compromiso. Mi generación está revolucionando la manera de comunicarse, la manera de transportarse, la manera de vestirse y de comprender el mundo ¿Será que no podremos revolucionar la manera de vivir el matrimonio?

¿Y si nos arriesgamos como jóvenes a nadar contra la corriente que nos invita a vivir en unión libre y corremos el riesgo de enamorarnos y soñar con un matrimonio de esos que son para siempre? ¿Qué tal si nos enfrentamos a nuestros miedos y conformamos familias felices lejanas al estereotipo de las películas o de la tradición de nuestros padres? ¿Qué tal si decidimos decir  en un altar, y nos comprometemos a luchar por el amor y olvidamos la posibilidad de renunciar cuando sintamos que las cosas no van bien? ¿Y si nos arriesgamos a darle un nuevo sentido al matrimonio?

Yo creo que la solución del miedo al matrimonio está en entender que no se trata de un vínculo contractual sino en una demostración de ese amor que Dios nos ha dado. Ese amor que nos enseña que debo amar al otro más de lo que me amo a mí. Ese amor que me enseña que los sueños del otro muchas veces serán primero que mis sueños. Mi intuición me hace creer que si fue Dios quien se inventó este compromiso, Él es el indicado para ayudarnos a no fracasar en el intento de revolucionar el tan desacreditado matrimonio.

No me voy a casar pronto pero luego de toda esa carreta he tomado la decisión de defender mi punto de vista entre los que me rodean. No haré más chistes frente al tema e iré feliz al matrimonio de mis amigos. He decidido creer en el matrimonio y hacer todo lo posible para que en un par de décadas mis hijos puedan mirar mi familia y no teman ir vestidos de negro o de blanco a una iglesia.

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